Un regreso a lo básico, a lo simple, a lo indivisible. Vueltos puré!




¿No se han preguntado o puesto a recordar lo que les gustaba hasta la locura cuando estaban pequeños? ¿El postre que más esperaban o quizás lo que más disfrutaban hacer todas las tardes luego del colegio? 

En esos tiempos vemos desde la distancia de la memoria, que todo parecía ser más sencillo, más simple en términos de la filosofía clásica: algo que no tiene partes en las cuales dividirse. Es eso que es como una partícula de felicidad o de nostalgia que nos hace sonreír al recordarlo.

La vida poco a poco se encarga de hacer complejo lo simple, ahogando cada sonrisa y haciendo que solo nos apresuremos por ganar, por obtener, por llegar (¿a dónde?, no sabemos, ¡pero llegar!); y en esa frenética carrera olvidamos pensar, meditar, orar, agradecer, dando por sentado que lo vamos a lograr gracias al esfuerzo constante y la falta de paz. 

-¿Cómo estás?, le pregunta un amigo a un conocido; -¡Muy bien, con mucho trabajo!, contesta emocionado y casi sin detenerse en la calle porque va a ese lugar que no sabemos pero al cual debemos llegar.

Pero, ¿si el trabajo ya no está, si el éxito y la fortuna aparentemente se han diluido en la amnesia de la sociedad, si no tenemos fuerzas para correr nunca más?

¿Acaso no podemos ser felices?

Debemos entonces detenernos en la orilla del camino para no ser arrollados por el impostor que corre disfrazado de alegría, y por gracia divina, descubrimos que añoramos esos momentos sencillos de nuestra niñez, donde con el solo aroma de lo que salía de la cocina nos emocionábamos, o con la visión de un mango callejero recién cortado con limón y sal nuestras papilas y nuestras pupilas se alborotaban y olvidaban que habíamos perdido el examen de trigonometría con el profesor loco que pretendía que todos fuéramos como Einstein.

¡Vamos! ¡La vida está hecha de cosas sencillas! No dejemos que nos llenen de complejidades por culpa de los falsos afanes y engañosos momentos que embelesan con sus colores y ruidosos sonidos de información. Nos aplastan la mente de tal manera que hacen puré nuestra memoria, haciendo que solo tengamos tiempo para preocuparnos por el presente, olvidando de dónde venimos y sin pensar que vamos a llegar a un lugar distante aún no encontrado: la vejez.

Plantemos una mata de albahaca en la cocina, dejemos que el jengibre retoñe en la gaveta, pongamos unos ajos a germinar y vamos usando de a pocos cada pedazo de ellos, hagamos que la vida vuelva a la sencillez de un tinto caliente con arepa en las mañanas; y cocinemos para endulzar la casa y el alma. 

Atesoremos lo simple y sencillo que es con lo que vamos a poder sobrevivir los tiempos futuros.

¡Hagamos puré!


Bolitas de plátano maduro

Ingredientes:

2 plátanos maduros
1 1/4 tazas de harina
2 cucharaditas de polvo de hornear
1 pizca de sal
2 cucharadas de cebolla larga picada (la parte verde)
1 cucharadita de comino molido
1/2 cucharadita de pimienta
1 cucharada de albahaca fresca
1 cucharadita de jengibre fresco picado finamente
1 diente de ajo picado finamente


Se pelan los plátanos y se hacen puré. 
Se agregan todos los ingredientes y se mezcla bien.

Luego se calienta suficiente aceite y se colocan con cuchara porciones de la mezcla para fritarlos.

Vigilarlos para darles vuelta al dorar.

Nota: El aceite no debe estar demasiado caliente, un fuego medio bajo funciona para que no se doren muy rápido y evitamos que queden crudos en el centro.

Se fritan por ambos lados y se sacan sobre un papel secante.

Se pueden servir con suero o queso crema.


Nota: Para los amantes del queso derretido...¡Pueden meter un cuadrito de queso doble crema dentro de cada bolita! Y con todo, sigue siendo sencilla esta receta.




"Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús."  
Filipenses 4:6-7, Reina Valera 1960.



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